Él sabía que todo había cambiado, no esperaba que a nadie le importase,
pero esperaba al menos una llamada, un correo, una carta, una mirada que le
transmitiese empatía, una palabra que mintiese diciéndole que le entendían, él
en el fondo, anhelaba una palabra que saliese antes que las de él.
Él había crecido sin esperar nada, siempre había sido el tímido, el
introvertido, el serio, el “frío” cómo decían, había aprendido a no esperar
nada, porque a menudo le habían traicionado, él estaba dolido con el Mundo,
poseía un espíritu atormentado por las heridas, él había creado una barrera
contra las heridas, pero anhelaba que la rompiesen, anhelaba que no siempre
fuese él quién se preocupase por los demás, que por una vez, fuesen los demás
quiénes cuidaban de él, que no siempre tuviese que ser él quién diese el primer
paso para que otra persona le hablase o cuidase de él, esperaba, pero excusó
esperar. Nunca obtuvo respuesta.
Pasaron los retazos de la ilusión, esa cruel mentira que te seduce con su
destello, hasta que es demasiado tarde, ese destello lleno de mentiras, de
palabras, pero lleno de vacíos. Una vez, se le pareció, pero esa vez había sido
la peor, porque había sido la única ocasión en la que había sido feliz se había disipado entra la niebla.
Y eso lo había llevado hasta esperar una llamada, un correo, un indicio de
preocupación de los demás por él, pero una vez más, él podía preocuparse por
quién fuese pero nunca nadie se preocuparía más por él, podían pasar minutos,
horas o días, pero él que llevaba semanas solo, era él, sin un indicio de nadie
que le cuidase en una de sus peores problemas.
Había crecido solo envuelto en su serenidad, su timidez, su inocencia, su
mundo interior, había recibido duros embates a su muralla, había esquivado las
hojas de las traiciones, había aprendido
a perder, pero eso no impedía que su herida fuese innata.

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