Las palabras están vacías, quizás sea ése el motivo por el
que no me decías nada, mientras todos a mi alrededor prometían amistades
eternas o amores incondicionales, permanecías en silencio, pero tu bella mirada
castaña me enamoraba, me observaba, me daba a entender que tú sí estarías a mi
lado, sin necesidad de decir nada, porque las palabras están vacías, pero tus
pupilas están vivas.
Te conté cada uno de mis peores secretos, cuándo rocé el
cielo, pero también cuándo descendí al infierno, e incluso inmerso en el
infierno, apreciaste mi débil brillo, porque no soporto destacar, pero tú
siempre pides que comience a brillar, que no sienta miedo ante nada, ni me
sienta inferior a nadie, que todo va tener su momento, si de verdad es para mí.
Y tú, sin dudas, callabas, porque tu silencio decía más que
todas sus palabras.